Tu amigo, el rubio, cuyo nombre en este instante acabo de olvidar, me ve y sonríe divertido, imagino lo que ha de pensar. Con la cabeza me señala y volteas, creo que mi decisión acaba de derrumbarse y Sentido Común fallece con tu sonrisa, joder, joder.
—Muñeca— te acercas y rozas mis labios con los tuyos, maldición. ¿Dónde está mi Dignidad? Respiro y busco recordar. Sé que no vine para contemplarte, no lo hice para perderme en tu verde y segura mirada, en tus seductores labios, en tu nariz altiva, en esas sutiles pecas que adornan tus mejillas —apenas notorias y que seguro odias—.
— ¿Hoy si puedes?
Tu desconcierto es tan grande como el mío, ¿de dónde salieron esas palabras? Me aplaudo, creo que Dignidad volvió, se tardó, antes le hubiera roto la nariz —por más bella y altiva que luciera— al que me tratara como un objeto, casi puedo asegurar que el muñeca es porque no recuerdas mi nombre. Diablos, duele.
Sin embargo hasta para eso eres cruel, tus ojos crecieron ante la sorpresa y me atrapan. Entré a esa vorágine verde. Te recuperas rápido, al menos más que yo. Sospecho que la pregunta te sorprendió por una razón diferente a la mía. El movimiento en el pasillo es inexistente, seguro ya entraron todos a clase.
—Para ti siempre linda, disculpa si te hice creer lo contrario.
Te acercas y me robas un beso, no puedo negarme, otra vez me entrego… mis brazos sobre tu cuello, mis manos en tu cabello. Sonríes y lentamente te alejas, sin dejar de mirarme a los ojos, retrocedes, te das vuelta y encaminas a tu clase.
— ¿Recuerdas mi nombre?
Te detienes y no volteas, realmente hoy no quiero rendirme ante ti, estoy dispuesta a finalizarlo y depende de tu respuesta. Pausadamente intentando recordar volteas, me miras fijamente, tus cautivadores ojos lo han dicho todo…
—Ya no habrá más.
Ahora soy yo la que se retira digna, con paso seguro y rápido. Estoy a un paso de correr. Sí quiero que me alcances, pero no me sigues, no hay nadie atrás de mí…




